Campo de tiro al blanco putas de lujo en lima

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Los títeres eran tan feos que en vez de enseñar te espantaban. Su dueña era Fern, un niña de 8 años. Aunque Wilbur se salva, Fern pasa a la adolescencia y Charlotte muere. Una película bien motiva que hacía llorar a toda la chibolada cada vez que la pasaban en el canal 4.

Cuando se inauguró el Centro Camino Real se hizo con eslóganes como: Después llegarían Saga y Ripley. El resto es silencio…. Un programa cómico-musical con la actuación del actor mexicano Eduardo Manzano. La idea de este programa era enseñar inglés, incluso su apertura era en español y el cierre era con la misma canción pero en inglés.

Las campañas de austeridad de gasolina. El programa que el canal 4 anunciaba con bombos y platillos y que nunca presentó llamado: Fue en , en el auditorio Amauta.

La miss María Gracia Galleno fue elegida caóticamente, en medio de las tinieblas por un jurado alumbrado por encendedores. Los helados de invierno: La crisis del pan. Había indignación porque el pan se endurecía como piedra después de un par de horas.

Los vendían también pequeñísimos y con bloques de sal enteros adentro. Cuando lo ponían en aprietos soltaba la frase: Algo que desgraciadamente no pudo predecir fue su propia muerte, en un día de año nuevo Decía el tablero del estadio Santiago Bernabeu de Madrid al finalizar el mundial Y no va ser. Se las pasaba haciendo preguntas de doble sentido a la profesora, caracterizada por Camucha Negrete. No se te ocultó la verdad. Ahora te toca a ti impresionar a otros.

Pero no me dejé abatir realmente. Pensé en la forma en que había tratado a los yunkis en estado de abstención. No comprendía entonces qué era lo que les ocurría. Solamente había notado que se ponían bastante sensibles, totalmente desarmados y muy vulnerables. Un toxicómano en crisis quedaba de tal forma anulado que no podía contradecir a terceras personas. Me daban deseos de probar con ellos mis apetitos de poder.

Cuando uno sabía cómo atacarlos se los podría destruir en un breve espacio de tiempo. Bastaba con golpearlos en el lugar preciso, luego aplicar pacientemente el hierro caliente en la herida para que cayeran derrumbados. Me decía a mí misma: Se van a dar cuenta que eres fea y desgreñada. Es extraño que no hayas pensado bien acerca de todo este asunto.

Mi discurso para mí misma no me condujo a nada. Sentí necesidad de hablar con alguien. Por cierto, podía ir en busca de uno de los compañeros de Detlev que vagabundeaban por esos lados. En lugar de hacerlo, me encogí en un rincón, al lado de la Oficina Central de Correos. Sabía de sobra lo que me dirían: Se te va a componer el naipe. Tienes que hacerte una cura de desintoxicación. El Valeron fue creado para eso''.

Detlev solía hacer ese tipo de bromas. Sólo me quedaba hablarle a mi madre. Si le cuentas lo que te ocurre, ella va a sufrir.

Y de todos modos, ella no puede ayudarte. Las medidas forzadas no logran que las personas retornen al buen camino. Y sobretodo a ti. Y eso sería todavía peor''. Continué monologando a media voz: De lo contrario, nos separamos. Y yo murmuraba como si me estuviera revelando un secreto a mi misma. Deja de contarte cuentos. Sin intercambiar ninguna palabra enfilamos hacia la Kurfurstendamm en busca de nuestro habitual revendedor.

Consumí mi dosis, entré a casa y me refugié en mi cuarto. El día anterior, al no encontrar a nuestro revendedor habitual, le compramos mercadería a otro tipo que nos engañó. La droga que nos vendió estaba tan infectada que el domingo por la mañana nos tuvimos que inyectar una dosis doble para estabilizarnos.

Detlev empezó a transpirar y me di cuenta de que estaba próximo a sufrir una crisis de abstinencia. Registramos todo con la esperanza de encontrar algo vendible. Sabíamos de antemano que no había nada. Desde la cafetera eléctrica hasta la radio a transistores, todo se había canjeado por inyecciones. Quedaba la aspiradora pero estaba tan vieja que no le sacaríamos ni cinco marcos.

Es posible que dentro de dos horas estemos en plena crisis de abstención y eso sería insoportable. Como es domingo en la noche no voy a poder conseguir por mi cuenta todo el dinero que necesitamos.

Me tienes que ayudar. Lo mejor que podrías hacer es realizar una colecta en la ''Sound''. Trata de reunir unos cuarenta marcos. Quedamos de juntarnos al cabo de dos horas. Yo había recolectado dinero en varias ocasiones. Y sobretodo en la ''Sound''. En ocasiones lo había hecho sólo como un desafío. Y siempre obtuve buenos resultados.

Pero no aquella noche. Estaba presionada y la colecta requería tiempo: Para hacer una colecta uno tenía que estar con deseos de hacerla.

Pero yo estaba en crisis y la hice con resentimiento. Al cabo de una hora sólo pude recolectar siete marcos. Me dije a mi misma: Salí afuera, sin un plan preconcebido. Un feroz Mercedes se detuvo. Tenía por costumbre mirar los coches de lujo cuando disminuían la velocidad o cuando se detenían delante de la ''Sound''.

El tipo del Mercedes me hizo una seña. Pasaba a menudo por allí y no era la primera vez que me seguía. En una ocasión le pregunté qué solicitaba el a cambio. Entonces me reí muchísimo de él. Se detuvo hasta que de pronto me vi encaramada dentro del Mercedes. Me dijo que subiera, que no podía detenerse allí. En realidad, yo sabía muy bien lo que iba a ocurrir. Al tipo no le importó en lo absoluto que estuviera haciendo una colecta.

Desde ese día, Los clientes, a partir de entonces, dejaron de ser para mí criaturas de otro planeta. Los veía a menudo en la Estación Zoo, había escuchado suficientes relatos de mis compañeros para saber como iba a continuar la película que acababa de comenzar.

Me di cuenta de que se trataba de un cliente que no imponía condiciones. Intenté aparentar estar encantada. Había dejado de temblar. Aspiré un par de fuertes bocanadas de aire y desafortunadamente sólo logré que mi voz sonara vacilante:. Me preguntó porqué y en mi nerviosismo no se me ocurrió nada mejor que decirle la verdad: No he tenido relaciones sexuales con otro. Y no tengo ganas de hacerlo. Decididamente, nada lo sacaba de sus casillas.

Entonces me vas a manosear…''. En aquel momento la cifra no me sorprendió porque me di cuenta de que el tipo quería estar de todos modos conmigo. Cien marcos por hacer eso y en la Kurfurstenstrasse , donde la prostitución infantil era casi regalada… Se quedó enganchado por ese temor que no logré disimular por completo. Yo estaba encogida contra la puerta del automóvil, la mano derecha encima de la manija. Me decía a mi misma: Ahora me va a culear.

Era un verdadero centro sexual, había preservativos y pañuelos de papel tirados por todas partes. Temblaba entera y estaba ligeramente asqueada.

El tipo mantuvo siempre un aspecto muy calmo. Apelé a todo mi valor y prosiguiendo con las leyes de la prostitución infantil le dije: Nadie podía asegurar que de repente me dijera que le devolviera el dinero.

Había escuchado muchos cuentos similares. Pero yo sabía que iba a hacer él. De todos modos, no tenían nada mejor que contar. Esperé a que se desabotonase el pantalón- estaba demasiado ocupado en si mismo para vigilarme- y aproveché de deslizar los billetes en mi bota.

El ya estaba listo. Yo, yo estaba amarrada a la punta de mi asiento en el Mercedes. Inmóvil, sin mirarlo, extendí mi brazo izquierdo. Me tuve que aproximar al tipo. Tenía ganas de vomitar y tenía frío. Mantuve los ojos fijos en el parabrisa intentando pensar en otra cosa. El tipo buscó en su billetera. La sujetaba de manera tal que me permitiera adivinar que dentro de ésta había un montón de billetes. Una vez fuera del vehículo me sentí bastante relajada y comencé a realizar una especie de balance: Por lo del dinero.

Nunca antes había tenido tanto dinero en mis manos. No me preocupé por Detlev. Tampoco me importaba lo que diría Detlev. La crisis de abstinencia se estaba apoderando de mí y sólo una idea giraba en torno a mi mente: Tuve suerte porque de inmediato encontré a nuestro proveedor acostumbrado. Al ver esa cantidad de dinero me dijo: Si pienso dejar de inyectarme en forma definitiva. Mi padre me lo dio. Por fin se acordó de que tiene una hija. Compré dos cuartos por ochenta marcos. Los cuartos eran una novedad en el mercado.

Era casi un cuarto de gramo. Ahora alcanzaba justo una porción para Detlev y otra para mí. Me dirigí a los W. Hacía cuarenta y cinco minutos que había abandonada a Detlev y estaba segura de encontrarlo en la Estación Zoo.

Estaba allí hecho una miseria. No me preguntó cómo lo había hecho ni hizo otras preguntas. El tenía una sola prisa: Nos fuimos directamente a los baños.

Saqué el carné escolar de mi bolsillo y le entregué una bolsa pequeña. Mientras calentaba el polvo blanco en la cuchara, Detlev vio que en el estuche había otra bolsa similar y unos billetes. No había nada que hacer. Pero había un tipo con un montón de dinero. Eso fue todo, te lo aseguro.

No podría haberme acostado. Lo que hice fue sólo por ti''. Antes de que terminara de hablar, vi que Detlev palideció intensamente. Se transformó en un loco furioso. Se puso a vociferar: Nadie da cien marcos por tan poco. Estaba en plena crisis de abstinencia. Todo su cuerpo temblaba, su camisa estaba empapada, tenía calambres en las piernas. Se puso la inyección en el brazo. Yo estaba sentada en el borde de la bañera y lloraba. Pensaba que el tenía motivos para estar tan furioso.

Seguí llorando mientras aguardaba que la inyección surtiera el efecto deseado en Detlev. Aunque fuera así, me podría pegar un par de bofetadas. De seguro que si.

Pero yo no me iba a defender. Finalmente abrió la boca: Abrí la segunda bolsita y le entregué parte de ella. La colocó en su Jean. Detlev siguió sin decir nada. Habría preferido que me golpeara, que me gritara, que al menos dijera algo.

Pero nada, nada, nada. Cuando partió le dije a Detlev: A ese tipo lo manoseé. Y no fue tan terrible. Es necesario que me creas. Lo hiciste por ti. Estabas en estado de crisis y te despabilaste. Lo habrías hecho de todos modos así yo no existiera. Entre ambos consumimos una buena cantidad de heroína. Ahora es mi turno. Estoy segura de que puedo ganar un montón de dinero. Detlev no dijo nada. Luego rodeó mi espalda con su brazo. Otro bus se detuvo.

Nos sentíamos absolutamente libres. Y ahora, ahora estamos extrañamente poseídos. Dejamos pasar otros tres buses. Murmuramos algunas frases tristes…Lloré acurrucada en sus brazos. Nos vamos a desintoxicar. Nos tenemos que librar de todo esto.

Voy a conseguirme el Valeron. Me encargaré de eso mañana por la mañana. Estaremos juntos para iniciar nuestra ''limpieza''. Fui a buscar un yogur al refrigerador. Me lo comí en la cama. En realidad era sólo un pretexto para llevar la cuchara a mi cuarto. La tenía que utilizar la mañana siguiente para preparar mi dosis. Después fui al baño por un vaso de agua para limpiar la jeringa. Al día siguiente todo sucedió como de costumbre. Mi madre me despertó a las siete menos cuarto.. Me quedé en cama aparentando no haberla escuchado.

Regresó al cabo de cinco minutos. Me volvió a interrumpir. Yo contaba los minutos hasta las siete y cuarto para llegar a tiempo a clases.

Saqué el pequeño sobre de papel de aluminio de mis jeans que estaban colocados a los pies de mi cama. Hacía todo eso maquinalmente así como otros encendían el primer cigarrillo del día.

De repente me quedé dormida y no llegué y no llegué hasta la segunda o tercera hora de clases. Siempre llegaba retrasada cuando me inyectaba en casa. En esas oportunidades me veía obligada a zumbarme la heroína en un W. Eran particularmente sombríos y hediondos. Para colmo, los muros estaban llenos de hoyos y siempre habían sido tipos espiando, mirando a las chicas hacer pis.

Siempre tuve miedo de que uno de ellos fuese a buscar un guardia para que vieran que solamente me iba a inyectar. Llevaba casi todos mis utensilios a clases.

Si nos retenían por alguna razón, por alguna actividad extra-escolar, por ejemplo, y no alcanzaba a regresar a la casa, tenía que inyectarme sobre la marcha. Entonces mi amiga Renée me sostenía la puerta. Ella estaba al corriente. Como la mayoría de mis compañeras de clases, creo. Pero a éstas les daba lo mismo. Un toxicómano ya no causaba conmoción en Gropius.

Me la pasé dormitando en todos los cursos que había tomado. A veces dormía de frentón, con los ojos cerrados y la cabeza encima del escritorio. Cuando la dosis de la mañana resultaba ser muy fuerte, era incapaz de hablar. Los profesores debieron investigar lo que me estaba ocurriendo. Otros se conformaban con tratarme de tarada y me endosaban una sarta de ceros. De todos modos, había tal cantidad de profesores que la mayoría de ellos se daban por satisfechos cuando retenían nuestros nombres.

Dejaron de interesarse por los deberes que yo debía realizar. En definitiva, dejé de hacerlos. Después que anunciaban el título, yo escribía: Y se los entregaba. Durante el resto de la clase me ponía a garabatear cualquier cosa. La mayoría de los profesores estaban tan poco interesados en los cursos como yo.

Eso pensaba, que ellos estaban atorados.. Después de aquel famoso domingo en la noche cuando pasé la prueba de fuego, después de un cierto tiempo, todo parecía funcionar como antes. Todos los días me encargaba de hacerle un discurso a Detlev para explicarle que lo que gané con la colecta no era nada, y que no podía sobrellevar sólo nuestras necesidades. Detlev reaccionaba con verdaderos ataques de celos.

Había adquirido cierta experiencia con los clientes y sabía que en medio de toda esa maraña de la estación Zoo había bisexuales. Y también había maricas que estaban dispuestos a hacerlo por primera vez con una mujer. Detlev quedó en escogerme a los clientes. Tenías que ser tipos que no deseaban tener relaciones sexuales y que no me tocarían.

Tipos que me pidieran que les hiciera cosas. Nosotros le pusimos ese sobrenombre. Era un cliente habitual de Detlev y yo lo conocía bastante. Me dije a mí misma que con golpearlo me desquitaría: Por su parte, Maxie- Max estaba encantada con la idea de que iba a estar con ellos. Por el doble de la tarifa, naturalmente.

Nos citamos para el lunes siguiente a las tres de la tarde, en la estación Zoo. Yo estaba retrasada para variar. Max ya estaba allí. Como todos los adictos, era incapaz de llegar a la hora. Max y yo lo esperamos durante media hora. Ni rastros de Detlev. Yo estaba hecha un manojo de nervios. No cesaba de explicarme que hacía por lo menos diez años que no estaba con una mujer. Y vacilaba antes de pronunciar cada palabra. Siempre había tartamudeado pero ese día estaba inentendible.

Todo aquello me resultaba insoportable. Tenía que encontrar una salida. Por otra parte, lo sentía angustiado y me empecé a envalentonar. Terminé por decirle en forma muy audaz: Detlev nos tendió una trampa. Pero mantendremos el precio fijado: Balbuceó un ''si'' y giró sobre sus talones. Daba la impresión de que no tenía una pizca de voluntad. Lo cogí del brazo y lo conduje hacia nuestro destino. Detlev me había contado la triste historia de Maxie-Max. Era obrero especializado, tenía alrededor de cuarenta años, y era oriundo de Hamburgo.

Su madre había sido prostituta. De niño fue brutalmente golpeado. Por su madre y por sus amigos, y también en las instituciones donde lo colocaban. Lo habían golpeado tanto por dentro y por fuera que nuca pudo hablar correctamente.

Para colmo, necesitaba una paliza para alcanzar la plenitud sexual. Nos fuimos a su casa. Le reclamé de inmediato la paga aunque el era un cliente habitual y no era necesario tomar tantas precauciones: Me entregó ciento cincuenta marcos y yo estaba muy orgullosa de haber logrado sacado toda esa plata de manera tan simple.

Tenía la impresión de no ser yo misma. Al comienzo, no lo golpeé muy fuerte. Pero el me suplico que le hiciera daño. Era repugnante y eso duró casi una hora. Cuando por fin se acabó, me puse la polera y me escapé corriendo. Bajé las escaleras con gran velocidad. Después, le puse punto final a ese asunto. Sabía que estaba metida en la mierda y que sólo contaba conmigo misma. Me dirigí a la estación del Zoo. No le conté gran cosa. Sólo que estaba cansada porque había hecho toda la pega de Maxi-Max.

Le mostré los ciento cuarenta marcos. El sacó otro billete de cien marcos del bolsillo de su jeans. Nos fuimos tomados del brazo a comprar un montón de heroína de calidad extra.

Habíamos tenido una jornada sensacional. De allí en adelante comencé a adquirir droga por mi cuenta. Tuve muchísimo éxito, podía elegir a mis clientes y dictar mis condiciones. Para todas las chicas de la estación del metro Zoo, aquellos eran los peores: Aquello lo hacía solamente con Detlev. Yo trabajaba con la mano y por consiguiente utilizaba el estilo ''a la francesa''.

Para mí no era tan terrible cuando era yo la que tenía que hacerle alguna ''gracia'' a los tipos, pero no ellos a mí. No quería, sobretodo, que me tocaran. Siempre traté de discutir las condiciones con anticipación. Tampoco hacía tratos con tipos que me disgustaban realmente. Encontrar un cliente adecuado, que aceptara todas mis exigencias me tomaba con frecuencia toda la tarde. Pocas veces tuvimos la oportunidad de ser tan prósperos como el día que fui a la casa de Maxi-Max.

Ibamos a su casa tanto juntos como separados. En el fondo, era un buen hombre que nos quería sinceramente a ambos. Pero se las arreglaba siempre para darnos cuarenta marcos, el valor de una dosis. En una ocasión le faltaba dinero para pagarme y rompió su alcancía en mi presencia pata juntar el resto que necesitaba. Cuando estaba urgida, hacía un alto en su casa, le pedía un adelanto de veinte marcos.

Cuando los tenía, me lo daba. Maxi-Max siempre preparaba algo especial para nosotros. Para mí, jugo de duraznos, mi bebida preferida Para Detlev, pudding de sémola- a él le fascinaba eso. Max los preparaba el mismo y los guardaba en el refrigerador. Como sabía que a mí me gustaba comer algo después de mi trabajo, solía comprar un surtido de yogures Canon y chocolates.

La flagelación pasó a convertirse en un asunto de pura rutina. Una vez resuelta aquella formalidad, comía, bebía y conversaba con nosotros.

Estaba tan acostumbrado a nosotros, estaba tan contento con nosotros, que casi ya no tartamudeaba cuando estaba junto a Detlev y a mí. Lo primero que hacía al levantarse era comprar los diarios para saber si la lista de fallecidos por sobredosis había aumentado.

Había leído que un cierto Detlev W. Casi lloró de alegría cuando le dije que hacía poco rato que había dejado a mi Detlev, y que estaba vivo y coleando. Entonces me repitió por centésima vez que debíamos abandonar la heroína, que nos iba a terminar matando, que algo grave nos podría suceder a nosotros también.

Nuestras relaciones con Maxi-Max eran bastante peculiares. Se hacía pedazos por Detlev y por mí pero en aquel entonces no nos habíamos dado cuenta. En los meses siguientes fuimos la ruina de varios otros clientes.

Nos dejaba su cama y dormía en el piso. De repente, se tropezó y cayó. Llamamos a un médico. Max tenía conmoción cerebral. Debía permanecer dos semanas en cama. Al poco tiempo, perdió su trabajo.

Nunca se había drogado, sólo había probado la droga y sin embargo, allí se encontraba totalmente destruido. Destruido por los drogadictos. Nos suplicó que fuéramos a verlo, sólo a visitarlo. Pero el no podía pedirle ese a un adicto, la gentileza no es el fuerte de los toxicómanos. De partida, no hacen nada en beneficio de su prójimo. Detlev le explicó todo eso a Maxi-Max, quién en el ínter tanto nos juró dar un montón de plata.

Debe velar para que cada día sus cuentas funcionen en forma armónica. No se pueden dar créditos bajo el pretexto de simpatía o amistad. Al poco tiempo que debuté como prostituta pude gozar de la alegría que provocan los reencuentros. Un día, mientras escuchaba a un cliente, vi a Babsi. Babsi, la fugitiva, la que después de pegarse una aspirada de heroína, había tenido que regresar a la casa de sus abuelos.

Era tan increíblemente bueno volver a verse. Me di cuenta de inmediato que estaba atiborrada de heroína. Sus pupilas estaban del tamaño de una cabeza de alfiler. Pero estoy segura que cualquiera que no la conocía no habría soñado ni por un instante que aquella adorable muchacha era toxicómana.

Babsi estaba muy calmada. Me explicó que no tenía necesidad de prostituirse. Después subimos a la terraza. Sin embargo, Babsi no me dijo cómo había obtenido todo ese dinero de la droga. Tenía que regresar entre las siete y las ocho de la noche y ni hablar de arrancarse de clases. Su abuela la vigilaba permanentemente. No me pude aguantar la curiosidad y le pregunté por el dinero y por la droga. Me voy a su casa en taxi. No me paga con dinero, solamente con heroína.

Lo visitan otras niñas y también les cancela directamente con droga. Voy a su casa por una hora. No nos acostamos, evidentemente. Eso no se transa. Me pide que me desvista, charlamos, de vez en cuando me toma unas fotos o me pide que le haga unos masajes''. El tipo se llamaba Henri. Había escuchado hablar de él. Babsi lo tenía todo. Tenía un montón de inyecciones, también. La mía estaba tan desgastada que me veía obligada a afilarla sobre el frotador de una caja de fósforos en cada pinchazo.

Babsi me prometió conseguirme tres repuestos completos. Algunos días después me encontré con Stella en el metro Zoo. Stella era la amiga de Babsi, Grandes abrazos. Por cierto, Stella también se drogaba. Ella no tuvo tanta suerte como Babsi. Su padre había muerto en un incendio hace tres años, su madre se había instalado en un bar con un amigo italiano y se había alcoholizado.

Stella siempre robaba dinero de la caja pero en una ocasión se le ocurrió robarle cincuenta marcos de la billetera al amigo de su madre y él se dio cuenta. Desde entonces, no se atrevió a regresar a su casa. Nos pusimos a conversar acerca de los clientes. Stella me relató una negra historia de Babsi, su mejor amiga. Dijo que representaba la decadencia total. Ese Henri era un tipo sucio, un viejo bonachón gordo y sudoroso.

Y Babsi se acostaba con él. Incluso no importaría partir con un extranjero… una manoseada de esas… OK En aquel momento me sentí consternada, no podía comprender porque Stella me estaba contando todo eso.

Babsi me relató posteriormente que Henri había sido cliente exclusivo. Por eso ella conocía tan bien sus exigencias. Después pasaría yo por la misma experiencia.

Yo no permitiría verme continuamente asediada por esos sucios extranjeros. Stella trabajaba con los automovilistas, se prostituía al estilo de las toxicómanas de trece y catorce años que circulaban por la Kurfurstenstrasse. Yo consideraba todo aquello espantoso: Le dije a Stella: Hay niñas que se prostituyen por veinte marcos.

Dos clientes para una dosis. Pero si estuvimos de acuerdo en un punto: Babsi era realmente lo que botó la ola si se acostaba con ese asqueroso. Aquella discusión acerca de nuestra dignidad de putas la mantuvimos Babsi, Stella y yo a diario durante varios meses. Indudablemente, lo ideal no era estar obligada a prostituirse. Cuando nos volvimos a encontrar con Stella nos persuadimos de que era posible: Stella tenía experiencia al respecto.

Ella tuvo una idea genial. Nos enfilamos de inmediato a realizar la experiencia en una gran tienda, la Kadawe. Las clientas se encerraban en las cabinas privadas de los baños. Generalmente sus carteras colgaban de la empuñadura de las puertas. Cuando terminaban, tardaban en abrocharse sus corsés, y por lo general, las carteras se resbalaban cuando trataban de abrir el picaporte. Había que aprovechar el momento para apoderarse de ellas. Stella y yo nos apostamos en los baños para damas de Kadewe.

Pero cada vez que Stella anunciaba: Ella no podía trabajar sola y en consecuencia, hacían falta cuatro manos para arrasar con todas las carteras con la debida rapidez. El resultado nos hizo desistir de la operación ''Toilettes'' para damas. Después de ese lamentable episodio, Stella y yo decidimos dedicarnos a la prostitución juntas. En la estación Zoo se daban todas las condiciones.

Teníamos un montón de ventajas. Por otra parte, encontrar clientes que aceptaban pagarles a dos chicas no era nada corriente. Había algunos que se atemorizaban: Como Henri le costeaba sus gastos, ella trabajaba para nosotras. Un día ganó doscientos marcos en una hora y trabajó con cinco clientes. Axel y Bernd aceptaron de inmediato a Babsi y a Stella en el grupo. Ahora éramos tres chicas y tres muchachos.

Cuando salíamos a pasear siempre íbamos tomadas del brazo de los varones, y yo, del brazo de Detlev por supuesto. Pero no pasaba nada entre las dos parejas.

Eramos simplemente una pandilla espectacular. No estoy segura si existían amistadas tan hermosas como las que manteníamos con los muchachos de nuestra pandilla entre los jóvenes que no se drogaban. La llegada de las otras niñas me creó problemas en mis relaciones con Detlev.

Yo pasaba gran parte del tiempo con Stella y Babsi y eso no le agradaba. Lo hacía por mí misma, o con Babsi y Stella. Detlev me acusó de acostarme con mis clientes. Mis relaciones con Detlev no eran ya el centro del universo. Lo amaba y lo amaría siempre, pero había dejado de depender de él.

No tenía necesidad de que se preocupara en forma permanente de mí, ni tampoco que me aprovisionara de droga. En el fondo, pasamos a convertirnos en una de esas parejas modernas como aquellas en las que sueñan los jóvenes: Al final de cuentas, nuestra amistad era una amistad entre toxicómanos. La heroína, la agitación con la que vivimos, la lucha diaria por el dinero y la heroína, el stress de nuestros hogares- había que ocultarse siempre, inventar nuevas mentiras, a nuestros padres, meter nuestros nervios en el refrigerador, en ocasiones.

En fin, llegamos a acumular tanta agresividad que llegamos a un punto en el que no nos podíamos dominar, ni tampoco entre nosotros. Con la que mejor me entendía era con Babsi: También nos poníamos portaligas negras con sus respectivas ligas. Eso enloquecía a todos los clientes, esas ligas y portaligas negras en nuestras figuras adolescentes. Poco antes de la Navidad del año , mi padre se fue de vacaciones y mi hermana se iba a quedar completamente sola.

Me permitió ir a dormir a su departamento junto con Babsi. Empezamos a tener líos a partir de la primera noche. A la mañana siguiente, Babsi y yo éramos nuevamente las mejores amigas del mundo. Babsi y yo decidimos no inyectarnos de inmediato, por el contrario, había que esperar el mayor tiempo posible. Una experiencia que se practicaba de vez en cuando pasaba a convertirse en un verdadero deporte. Como dos mocosas que saborean el placer previo a la entrega de regalos navideños. Juró guardar solemnemente el secreto.

A la mañana siguiente, Babsi fue a buscar un asunto para combinar el queso fresco. Para la ocasión escogió un embutido de fresas que la chiflaba.

Vivía casi exclusivamente de queso fresco. Mi alimentación tampoco era muy variada: Babsi preparó entonces su mezcolanza. Parecía la celebración de un rito religioso: Después que Babsi y yo nos hubiésemos inyectado previamente, por supuesto. Babsi terminó de batir el queso fresco el que se terminó convirtiendo en una apetitosa masa cremosa. Pero nosotros no podíamos esperar. Le dijimos a mi hermana que pusiera la mesa particularmente bonita y nosotros corrimos a encerrarnos en el baño.

La crisis de absteninencia ya se había apoderado de nosotras. Nos quedaba sólo una jeringa utilizable y yo declaré que me inyectaría en primer lugar. Babsi se puso furiosa: Hoy seré yo la que comience. Aquello me sacó de quicio. Toda la vida te demoras una eternidad''. A esta buena mujercita le tomaba casi media hora inyectarse. Le costaba encontrar su vena. Y si no despegaba con el primer pinchazo, perdía los estribos, largaba la aguja por cualquier parte y se enervaba terriblemente.

Era todo una hazaña cuando lograba acertar a la primera. En esa época yo no tenía problemas de esa índole. O bien era Detlev el que me inyectaba- un privilegio que estaba reservado sólo para él- o bien yo ponía la aguja en el mismo sitio, en la cicatriz de mi brazo izquierdo. Eso funcionó durante un tiempo justo hasta que me agarré una hemorragia y mi piel se puso como cartón.

Entonces yo también comencé a tener dificultades para inyectarme. De todos modos, esa mañana gané el combate. Fue un pinchazo terrible: Sentí calor, mucho calor. Babsi se sentó en el bode de la bañera, hundió la jeringa en su brazo y así comenzó su show. Se puso a aullar: Yo ya estaba bajo el efecto de la droga y me sentía bien. Me importó un pito lo que le sucedía a esa mocosa. Babsi salpicó sangre por todas partes y no lograba encontrar su vena.

Pero como Babsi no la cortaba nunca con su cuento, tuve miedo que mi hermana se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y terminé por seguirle la corriente. Babsi por fin logró asestar el golpe. Se calmó de inmediato, limpió cuidadosamente la jeringa, secó las gotas de sangre sobre la bañera y el piso. Regresamos a la cocina y yo me aprestaba a paladear la crema de queso fresco.

Pero Babsi cogió la fuente, la rodeó con su brazo y se puso a darle el bajo. Lo hizo visiblemente forzada pero se comió la fuente entera. Se tomó justo el tiempo para decirme: Ambas nos habíamos hecho el propósito de pasarlo muy bien durante algunos días en el departamento de mi padre.

Y, sin embargo, a partir de la primera mañana, ya se había armado la trifulca del siglo. Pero los que somos toxicómanos sabemos que a la larga, las cosas entre nosotros terminan así.

Lo mismo sucedió con nuestra pandilla. Y Detlev 54 para 1. La mayor tiempo yo terminaba estallando a sollozos. Detlev estaba totalmente liquidado y nos poníamos a llorar juntos. Cuando uno de los dos estaba en crisis de abstinencia, uno no tenía inconveniente en reventar al otro. Eso no variaba mucho. Lo que ocurría era que veíamos sucesivamente nuestra imagen decadente el uno en el otro, como en un espejo. Era terrible cuando uno se encontraba a si misma fea o viceversa y recurría al otro para que le dijese que no era para tanto….

Esa agresividad también se descargaba sobre personas desconocidas. El sólo mirar a algunas señoras en el andén del metro cargando sus bolsas con provisiones me sacaba de quicio. Entonces entraba con una boquilla y un cigarrillo encendido dentro de un vagón para no fumadores. Aquello provocaba un tremendo revuelco en el vagón. En otras ocasiones, sacudía brutalmente a las abuelas. La forma en la que me comportaba me exasperaba a mí misma también cuando Babsi y Stella cometían la misma maldad.

Pero ya no podría reprimirme. Me importaba un bledo lo que las otras personas podían pensar de mí. Cuando comencé a tener aquellas picazones atroces también con el roce de las ropas de vestir, bajo los ojos, etc. Entre los adictos ocurre que llega un momento en el que nada cobra importancia. Cuando se llega a ese estado, tampoco importa mucho pertenecer a una pandilla. Conocía algunos de aquellos ''viejos toxicómanos'': Sentíamos una serie de sentimientos encontrados hacia ellos. Estos individualistas sin par nos impresionaban, les atribuíamos una fuerte personalidad.

Pero sobretodos, a nosotros los jóvenes, nos inspiraban un miedo espantoso. Estos tipos no tenían ya la menor pizca de moral, ni piedad alguna por sus semejantes. Cuando estaban en estado de abstinencia eran capaces de matar a golpes a alguien para quitarles su ración de droga. El peor de todos se llamaba Mana, el Ratero. Todo el mundo le decía así y honraba su sobrenombre. Cuando atrapaba a un revendedor lo cogía, le quitaba la droga, y se mandaba a cambiar.

Nadie se atrevía a auto defenderse. Una vez lo vi. Yo venía de haberme encerrado en el WC para inyectarme, y de golpe vi que un tipo hacía saltar un tabique desde abajo y se me echó encima, literalmente. Era Manu, el Ratero. Me habían contado que esa era su mejor movida.

Se apostaba en las toilettes para damas, esperaba que viniera una chica a inyectarse. Como supe que no dudaría en golpearme, le di de inmediato mi dosis y la jeringa. Salió de allí, se instaló frente a un espejo y se inyectó. Sangró como un cerdo. Le importó un bledo. De eso estaba segura. Porque para sobrevivir tanto había que tener una contextura tan fuerte como la de Manu, el Ratero. Y ese no era mi caso…. En nuestra pandilla todo giraba- y cada vez con mayor intensidad- alrededor de la prostitución infantil y de los clientes.

Los muchachos tenían los mismos problemas que nosotras. Con el tiempo, el círculo de clientes se fue estrechando y lo que era nuevo para mí probablemente era conocido por Babsi o por Stella. Había tipos que eran recomendables, otros menos y algunos que era preferible evitarlos.

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